08-10-2005 12:48:33 - mis pensamientos - Leido 207 veces
Un día más en el metro, un día como otro cualquiera. El murmullo de las voces, las idas y venidas de los pasajeros, el quejido metálico de los distintos vagones al llegar, todo es igual. Miro a mi alrededor y contemplo cientos de rostros; algunos conocidos, a base de repetir el mismo trayecto cada mañana. Y la inmensa mayoría, facciones desconocidas de personas ajenas. Todas distintas, y sin embargo tan iguales. La gente de la ciudad es así, siempre con sus prisas, su cara de amargados y el estrés como única forma de vida, siendo únicamente uno más en el enorme hormiguero de Madrid. Me pregunto si ellos también tendrán su viaje fijo de cada día, o simplemente están de paso. ¿En qué pensarán? ¿En lo mismo que yo? Probablemente no, sólo a los tontos nos sobra el tiempo para gastarlo en cosas tan nimias. ¿A quién le importa si yo le veo como uno más o no? Cada uno tendrá sus propias preocupaciones: sus acciones, su agenda, ese ansiado ascenso, la forma de llegar a fin de mes. Cada uno se verá como una persona totalmente diferenciada, cada uno creerá que no tiene nada que ver con los demás. Caminarán senderos distintos pero todos van a llegar al mismo punto como todos los ríos acaban llegando al mar. A veces creo que, sin darnos cuenta, nos dejamos llevar por una corriente predefinida, un camino que nos han marcado, y cuyos límites no podemos traspasar. Nadie se pregunta por qué ha de estudiar, ganarse un puesto de trabajo, formar una familia, ser un ciudadano normal. Simplemente es así, y así hay que hacerlo. Y no nos confundamos, que a mí me parece perfecto. Pero no por imposición, cada uno debería ser capaz de escoger lo que de verdad quiere para él, porque no todos queremos lo mismo por mucho que nos neguemos a verlo. Pero la sociedad actual no ha preparado nuestra mente para tomar este tipo de decisión. Hoy en día apenas existe gente auténticamente genuina, alguien que sea lo que es porque ha decidido serlo. Y no me refiero a puestos de trabajo, condiciones sociales ni nada por el estilo, sino a la propia persona en sí; su forma de ver el mundo y la vida, de vivir y hacer las cosas. La "sociedad" menos social ha impregnado todo con ese tufillo de la homogeneidad. Sí, todos tenemos nuestras pequeñas diferencias, pero al fin y al cabo la mayoría aspiramos a lo mismo y, en mayor o menor medida, tenemos las mismas preocupaciones. Y en definitiva, todos somos iguales. Anhelo la figura del viajero errante, del cuerdo que comete locuras, de aquél que decide vivir su vida saliéndose de lo prestablecido, de la gente libre de espíritu. Y es que en un mundo tan estandarizado hay que tener mucho valor para salirse de los cánones regentes, pues enseguida aquél que lo hace es tachado de antisocial, loco o raro. Pienso qué sería de mí si decidiese vivir en la calle, dormir en las estaciones, viajar por distintos países conociendo mundo. ¿Cómo me mirarían los que ahora comparten asiento conmigo? Como un bicho raro seguramente. Y seguiría siendo la misma persona que soy ahora. Pero ya no sería como ellos. Un día más en el metro.